Crisis en la formación médica: Los exámenes revelan una realidad incómoda, pero hay oportunidad de mejora sustancial

estudiantes medicina

Luego de nuestro último análisis referente a la medicina en nuestro país, donde abordamos las profundas diferencias entre la educación médica virtual impulsada por universidades privadas y el modelo presencial de la Universidad de Panamá, los recientes resultados del examen nacional de certificación médica han revelado una verdad ineludible que confirma muchas de las preocupaciones planteadas. Más de la mitad de los aspirantes a ejercer medicina en el país no aprobaron la prueba, dejando al descubierto serias deficiencias en la calidad de la formación que están recibiendo muchos de nuestros futuros médicos. Según datos oficiales, de los 1,380 egresados que se presentaron al examen en 2023, solo 661 lograron aprobarlo, lo que equivale a un 48% de éxito, mientras que el 52% restante no cumplió con los estándares mínimos para ser acreditado como médico certificado.

Pero lo más alarmante no es solo la cifra, sino su distribución. La mayoría de los reprobados proviene de universidades privadas, mientras que la Universidad de Panamá, con su formación basada en la práctica hospitalaria y el contacto directo con pacientes, fue la institución con el mayor número de aprobados. Esto refuerza la idea de que el enfoque presencial, aunque tradicional, sigue siendo más efectivo a la hora de preparar profesionales capaces de asumir los retos reales de la medicina. En contraste, lo que ocurre en muchas universidades privadas, especialmente aquellas con programas virtuales o semipresenciales, es que los estudiantes avanzan sin haber adquirido los conocimientos o habilidades clínicas suficientes.

Esto se debe en parte al exceso de teoría impartida en línea y, en parte, a la escasa o nula experiencia práctica durante los primeros años de carrera. Se traduce en profesionales que egresan con un diploma, pero que enfrentan enormes dificultades al momento de tratar con pacientes reales. No saben cómo interpretar signos clínicos complejos, no dominan procedimientos básicos y no están preparados para la toma de decisiones en entornos de alta presión. Esa distancia entre la teoría y la práctica genera médicos con vacíos graves en competencias esenciales para la atención segura y eficaz.

Lo más preocupante es que este problema no es nuevo. Desde hace años, gremios médicos como la Comisión Médica Negociadora Nacional y el Consejo Médico han advertido sobre la proliferación de facultades de medicina privadas que priorizan la cantidad de estudiantes sobre la calidad educativa. Muchas veces operan sin cumplir con los estándares mínimos que exige una carrera tan delicada como esta. El examen de certificación, lejos de ser un simple requisito, se ha convertido en el espejo que refleja las carencias de un sistema educativo médico que necesita reformas urgentes.

Por esta razón, las autoridades de salud han planteado una serie de medidas, como la revisión inmediata de los planes de estudio en las universidades con alto índice de reprobación, una mayor supervisión estatal sobre las carreras de medicina y la obligatoriedad del examen de certificación para ejercer, sin excepciones. El problema no es solo académico, sino también una cuestión de salud pública. Detrás de cada médico mal formado hay una vida en riesgo, una atención mal dada, una oportunidad perdida de salvar a alguien. En ese sentido, el contraste entre la Universidad de Panamá y muchas universidades privadas es revelador. Mientras en la UP los estudiantes están desde temprano en hospitales públicos como el Santo Tomás y el del Niño, enfrentando casos reales bajo supervisión profesional, en muchas privadas la formación sigue siendo distante, impersonal y, en ocasiones, deficiente, sin una política clara que garantice prácticas clínicas obligatorias y estructuradas.

El debate ya no es solo entre educación virtual o presencial, sino entre una formación con ética y responsabilidad y otra que responde a lógicas comerciales antes que académicas. Por eso, la recomendación más coherente sería avanzar hacia un modelo híbrido real, donde la tecnología complemente, pero no sustituya la experiencia médica, en el que los estudiantes aprendan con simuladores y plataformas digitales en los primeros años, pero también pasen por rotaciones clínicas supervisadas en hospitales. Sin esta combinación, seguiremos viendo generaciones de médicos que llegan al campo de batalla sin haber entrenado realmente. El examen de certificación ha servido, en este contexto, no solo como un filtro, sino como una radiografía del sistema. Lo que está en juego no es solo la reputación de las universidades, sino la vida de los pacientes y la confianza en el sistema de salud panameño. La solución debe ser clara, firme y urgente: exigir calidad, garantizar supervisión y establecer estándares nacionales obligatorios para todos los programas de medicina, sin excepciones. Hoy más que nunca entendemos que titular no es igual a preparar, que el conocimiento debe ir acompañado de la práctica, que la ética debe pesar más que la matrícula y que la medicina es, ante todo, una responsabilidad con la vida. Con este panorama, queda claro que la discusión no termina aquí y que el verdadero cambio en la educación médica panameña apenas comienza.

Responsabilidad institucional: el rol del MINSA y la CSS

Sin embargo, no todo el panorama es negativo. Tanto el Ministerio de Salud (MINSA) como la Caja de Seguro Social (CSS) deberían intensificar y consolidar acciones concretas para apoyar y fortalecer la formación y el ejercicio profesional de los médicos panameños, especialmente en un contexto donde las demandas del sistema de salud son cada vez mayores. Estas instituciones tienen la responsabilidad de liderar estrategias que garanticen una educación médica de calidad, en alianza con universidades y organismos internacionales, facilitando el acceso a rotaciones clínicas, promoviendo estándares académicos unificados y estableciendo convenios sostenibles con hospitales docentes.

En ese sentido, Panamá ya cuenta con el Centro de Investigaciones Clínicas en la Facultad de Medicina de la Universidad de Panamá el cual es una red nacional de hospitales formadores que puede y debe potenciarse. En el caso del MINSA, destacan el Hospital Santo Tomás, el Hospital del Niño Dr. José Renán Esquivel, el Hospital Regional Luis “Chicho” Fábrega en Veraguas y el Hospital Materno Infantil José Domingo de Obaldía en Chiriquí. Por parte de la CSS, se suman el Complejo Hospitalario Dr. Arnulfo Arias Madrid, el Hospital de Especialidades Pediátricas, el Hospital Irma De Lourdes Tzanetatos, el Complejo Hospitalario Dr. Manuel Amador Guerrero en Colón, el Hospital Regional Dr. Rafael Estévez en Coclé, el Hospital Regional Dr. Gustavo Nelson Collado en Herrera y el Hospital Regional Dr. Rafael Hernández en Chiriquí. Estos centros, distribuidos estratégicamente a lo largo del país, no solo brindan atención a miles de pacientes, sino que también funcionan como plataformas activas de formación clínica para estudiantes, internos y residentes.

A través de estos hospitales, los futuros médicos pueden capacitarse en una amplia gama de especialidades y líneas de investigación clínica, incluyendo alergología, inmunología, anestesia, cardiología (pediátrica y de adultos), cirugía general y especializada (cardiovascular, torácica, vascular periférica), endocrinología, ginecología, medicina interna, medicina familiar, medicina preventiva, nefrología, neumología, neurología, neonatología, oftalmología, oncología, ortopedia, otorrinolaringología, psiquiatría, radiología, salud pública, terapia física, urología y urgencias médico-quirúrgicas, entre muchas otras. Esta diversidad de áreas permite que el aprendizaje clínico sea integral, especializado y adaptado a las realidades del país.

En algunos de estos hospitales ya existen iniciativas valiosas, como espacios de entrenamiento clínico supervisado y programas de actualización médica continua, particularmente en zonas con alta demanda y limitada cobertura. A esto se suma la reactivación de alianzas con facultades de medicina para reforzar la presencia docente en áreas rurales y comarcales, lo que representa un paso clave para mejorar la equidad, fortalecer la experiencia práctica y ampliar la cobertura de los servicios de salud a nivel nacional.

El sector privado también debe asumir su rol

No obstante, es importante reconocer que el entrenamiento médico de calidad tiene un alto costo operativo, el cual, históricamente, ha sido absorbido casi exclusivamente por el sistema público. Esta realidad plantea una necesidad urgente de corresponsabilidad por parte del sector privado. Los hospitales privados en Panamá, muchos de ellos con instalaciones modernas y talento humano altamente calificado, también deberían sumarse activamente a los procesos de formación médica, ofreciendo espacios clínicos para prácticas supervisadas y rotaciones especializadas. Esta colaboración sería clave no solo para aliviar la carga que hoy asume el Estado, sino también para asegurar que los futuros médicos del país puedan recibir una educación más integral, diversificada y conectada con las realidades del sistema mixto de salud.

Infraestructura de clase mundial: una ventaja por aprovechar

Lo anterior cobra aún más relevancia si consideramos que Panamá cuenta con grandes megaobras sanitarias como la Ciudad de la Salud, ubicada en la vía Centenario, que está destinada a convertirse en un complejo médico de referencia regional. Este proyecto concentra especialidades de alta complejidad y atención multidisciplinaria, abarcando áreas como oncología, neurología, cardiología, nefrología, pediatría especializada y más, lo que representa una oportunidad única para el entrenamiento avanzado de médicos en formación. Asimismo, destaca el nuevo Hospital Dr. Manuel Amador Guerrero, en la provincia de Colón, una obra moderna que ya alcanza un 90% de avance y cuya entrega final se proyecta para abril de 2025. Con una inversión de 270 millones de dólares, este hospital ubicado en Coco Solo contará con nueve quirófanos, cuatro salas de expulsión, 474 camas, 492 estacionamientos y equipos médicos de alta tecnología, lo que beneficiará a miles de ciudadanos y ampliará significativamente la capacidad del sistema público de salud. Además de su impacto asistencial, este hospital debería convertirse también en un centro de formación clínica para estudiantes y residentes de medicina, aprovechando su infraestructura de primer nivel y su ubicación estratégica en la región atlántica.

Panamá como hub de formación médica regional

Integrar a los hospitales privados al proceso formativo no es una concesión, sino una inversión en el capital humano que sostendrá la medicina del mañana. De igual manera, permitir que estudiantes y residentes participen en estos espacios les permite conocer diferentes modelos de atención, comprender la gestión hospitalaria desde diversas perspectivas y ampliar su experiencia profesional en beneficio directo de la calidad del sistema de salud en su conjunto. En momentos donde la formación médica está siendo cuestionada, el fortalecimiento de alianzas público-privadas representa no solo una oportunidad, sino una responsabilidad compartida.

Oportunidades académicas: becas y apoyo institucional

Finalmente, sumamos el hecho de que Panamá posee condiciones geográficas, logísticas y de conectividad ideales para posicionarse como un centro interinstitucional de especialidades médicas en la región. La ciudad capital cuenta con una infraestructura aeroportuaria de primer nivel, hoteles, residencias estudiantiles y apartamentos de corta estadía que permiten converger a estudiantes y médicos de distintos países en un entorno seguro y bien comunicado. Esta ventaja, sumada a la presencia de hospitales públicos de alta complejidad y clínicas privadas de alto nivel, abre la posibilidad real de que el país se convierta en una plataforma de formación médica internacional, promoviendo intercambios, pasantías y programas de especialización en alianza con universidades extranjeras. Si se articula correctamente una política de formación médica regional con visión estratégica, Panamá no solo podrá formar a sus propios profesionales con excelencia, sino también consolidarse como un referente académico en salud para América Latina y el Caribe.

En apoyo a este enfoque, Panamá también cuenta con mecanismos institucionales para fomentar el acceso a oportunidades académicas de alto nivel. La Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (SENACYT) ofrece becas internacionales para maestrías, subespecialidades y programas de investigación en áreas prioritarias de la salud, dirigidas a profesionales comprometidos con el desarrollo científico y sanitario del país. De igual forma, el IFARHU, en coordinación con el MINSA y el Colegio Médico de Panamá, promueve becas y apoyos económicos para médicos que ejercen en zonas de difícil acceso o en condiciones de vulnerabilidad. Además, existen programas de becas de grado para estudios en universidades oficiales del país, así como asistencia económica para estudiantes con recursos limitados, lo que garantiza que el talento y la vocación no se vean truncados por barreras financieras. Estas iniciativas, si bien aún pueden fortalecerse, representan un paso sólido hacia una formación médica inclusiva, competitiva y con proyección internacional.

La Ciudad del Saber: un ecosistema de innovación científica con ventajas estratégicas para la inversión en salud

Otro pilar clave en la consolidación de Panamá como centro regional de formación médica e investigación es la Ciudad del Saber, ubicada estratégicamente frente al Canal de Panamá. Este complejo urbano, científico y académico alberga una comunidad diversa de universidades, centros de investigación, ONGs, organismos internacionales y empresas del conocimiento, funcionando como un entorno interdisciplinario donde confluyen ciencia, educación e innovación.

Además de su perfil académico y científico, la Ciudad del Saber ofrece un régimen fiscal especial con incentivos tributarios, lo que la convierte en un punto estratégico para que tanto el sector médico nacional como internacional invierta en el desarrollo de programas de enseñanza, investigación aplicada y prácticas clínicas innovadoras. Este marco de beneficios fiscales ha incentivado la instalación de instituciones educativas, laboratorios, startups médicas y centros de formación continua que buscan operar en un entorno competitivo y con impacto regional.

En ese sentido, la Ciudad del Saber representa una plataforma excepcional para promover residencias médicas, simposios internacionales, pasantías, estancias clínicas, programas de telemedicina y desarrollo de tecnología sanitaria, atrayendo alianzas con hospitales, universidades y organizaciones de salud pública. La posibilidad de articular esfuerzos entre el sector privado, el Estado, y la comunidad internacional, en un espacio con respaldo jurídico e infraestructura moderna, hace de este lugar una pieza clave para proyectar a Panamá como hub de formación médica, investigación clínica y cooperación en salud para América Latina y el Caribe.

Referencias: https://www.prensa.com/sociedad/examen-de-certificacion-medica-bajo-la-lupa-universidades-en-la-mira-por-baja-calidad/