De Panamá a Universidad de Yale: cuando la perseverancia convierte un sueño en destino

A sus 18 años, Lucas Castillo Degracia demuestra que el talento necesita oportunidades, pero también disciplina, paciencia y la capacidad de levantarse después de cada derrota. Su camino, iniciado en la robótica cuando apenas tenía seis años, lo llevará ahora a una de las universidades más prestigiosas del mundo.
Hay historias que merecen ser contadas no solamente por la magnitud del logro alcanzado, sino por todo lo que ocurrió antes de llegar a él. Historias que recuerdan a nuestros jóvenes que los grandes resultados casi nunca aparecen de un día para otro y que, detrás de una oportunidad extraordinaria, suelen existir años de trabajo silencioso, tropiezos, aprendizaje y perseverancia.
La de Lucas Castillo Degracia es una de esas historias.
Con apenas 18 años, este joven panameño fue admitido en la Universidad de Yale, en Estados Unidos, con una beca completa valorada en aproximadamente 400 mil dólares. De acuerdo con información divulgada por la Fundación Nacional para el Desarrollo de las STEAM (FUNDESTEAM), Lucas fue además el único panameño admitido en Yale para la promoción académica 2026-2030.
El dato adquiere todavía mayor dimensión cuando se observa el nivel de competencia que enfrentó. Para este ciclo, Yale recibió 54,919 solicitudes internacionales y admitió únicamente a 2,328 estudiantes, lo que representó una tasa general de aceptación de 4.2%; durante la etapa de Decisión Regular, esa proporción descendió a menos del 3%.
Sin embargo, reducir esta historia a una admisión universitaria o al valor económico de una beca sería quedarse solamente con el último capítulo.
Diez años construyendo una oportunidad
Lucas comenzó a participar en competencias locales de robótica a los seis años. Desde entonces transcurrió aproximadamente una década de formación, competencias y experiencias que fueron moldeando no solo sus capacidades técnicas, sino también su carácter.
A lo largo de ese camino consiguió múltiples títulos nacionales en la World Robot Olympiad (WRO) Panamá. El punto culminante de su trayectoria competitiva llegó en 2025, cuando obtuvo el primer lugar en el campeonato mundial FIRST Global Challenge.
Pero quizá la enseñanza más poderosa de su historia no esté en las medallas.
Lucas ha explicado que la robótica le enseñó a trabajar bajo presión, tomar decisiones difíciles mientras el tiempo corre y dirigir equipos hacia un objetivo común. Por encima de todo, aprendió algo que puede ser aplicado a prácticamente cualquier profesión y a cualquier etapa de la vida: no tener miedo de fracasar.
Antes de convertirse en campeón mundial, perdió muchas veces. Fueron necesarios diez años para alcanzar aquella victoria internacional. Para él, precisamente esa persistencia resultó determinante.
Esa confesión convierte su historia en algo mucho más cercano.
Porque los grandes logros suelen mostrarnos la fotografía final: la universidad prestigiosa, la beca, la medalla, el reconocimiento. Rara vez vemos todos los días anteriores. Los entrenamientos. Los errores. Las competencias que no terminaron como se esperaba. Las horas dedicadas a aprender. Las decisiones de continuar cuando habría sido más fácil abandonar.
Lucas nos recuerda que fracasar no necesariamente significa retroceder. En ocasiones significa estar acumulando la experiencia necesaria para el siguiente intento.
La educación que transforma
Su admisión se produjo además en un momento especialmente significativo para la educación científica y tecnológica panameña: a pocos días de celebrarse la XII Olimpiada Nacional de Robótica WRO Panamá 2026, organizada por FUNDESTEAM y Editorial Aprender STEAM.
Por eso, el éxito de Lucas no puede contemplarse únicamente como una conquista individual.
También representa el resultado posible cuando un niño encuentra tempranamente espacios donde desarrollar su curiosidad; cuando existen competencias que lo desafían; cuando maestros, organizaciones y familias comprenden que educar no consiste solamente en transmitir información, sino también en enseñar a resolver problemas, colaborar, experimentar, equivocarse y volver a intentarlo.
La educación STEAM —ciencia, tecnología, ingeniería, artes y matemáticas— encuentra precisamente allí una de sus mayores fortalezas: convierte al estudiante en protagonista de su aprendizaje.
Y Panamá ha venido recorriendo ese camino.
Durante los últimos doce años, las olimpiadas regionales y nacionales de robótica han alcanzado a miles de estudiantes y docentes de centros educativos oficiales y particulares. De acuerdo con la información publicada, este esfuerzo contribuyó a posicionar al país entre los diez mejores del mundo en torneos internacionales de robótica.
Panamá también se convirtió en sede de tres encuentros internacionales de especial relevancia: la World Robot Olympiad 2023, la Intercontinental de Robótica 2025 y el FIRST Global Challenge 2025.
Lucas participó activamente en esos tres escenarios. Aquellas experiencias le permitieron competir, aprender, relacionarse con jóvenes de otras partes del mundo y fortalecer el expediente académico que posteriormente sería evaluado por el comité de admisiones de Yale.
Cuando una oportunidad abre otras cien
Quizás allí se encuentre una de las lecciones más importantes de esta historia.
Cuando un país ofrece oportunidades educativas a sus niños y jóvenes, nunca puede saber con exactitud hasta dónde llegará el efecto de esa inversión.
Una competencia local puede despertar una vocación.
Una primera derrota puede enseñar perseverancia.
Un profesor puede descubrir una habilidad que el propio estudiante todavía desconoce.
Una olimpiada nacional puede convertirse en la antesala de un campeonato internacional.
Y un niño que comienza armando robots a los seis años puede, doce años después, recibir una de las oportunidades académicas más extraordinarias del mundo.
Por eso la historia de Lucas también es una invitación para padres, educadores, instituciones y empresas. Invertir en educación, innovación, ciencia y tecnología es invertir directamente en el potencial humano de Panamá.
Necesitamos más espacios donde nuestros jóvenes puedan descubrir qué son capaces de hacer. Más lugares donde equivocarse sea parte del aprendizaje y no motivo de vergüenza. Más oportunidades para competir, crear, investigar y pensar diferente.
Porque el talento existe. Muchas veces lo que necesita es un escenario donde desarrollarse.
Una victoria que pertenece también a Panamá
El titular puede decir que un panameño ganó una beca cercana a los 400 mil dólares para estudiar en Yale. Y ciertamente es una noticia extraordinaria. La información original, publicada el 6 de agosto de 2026, destacó precisamente el ingreso de Castillo a Yale y el impacto de la educación STEAM en el país.
Pero detrás de esa cifra existe algo quizá más valioso.
Existe un mensaje.
Los jóvenes panameños pueden competir al más alto nivel.
Pueden llegar a los mejores escenarios académicos y científicos del mundo. Pueden liderar equipos internacionales. Pueden ganar campeonatos globales. Pueden transformar las oportunidades educativas que reciben en puertas hacia destinos que alguna vez parecieron inalcanzables.
Lucas resume su experiencia identificándose como una prueba de que la robótica educativa y la formación STEAM pueden transformar vidas, y anima a otros estudiantes a aprovechar esas oportunidades.
Su mensaje merece multiplicarse.
A los jóvenes que hoy están comenzando, especialmente a aquellos que alguna vez han perdido una competencia, recibido una respuesta negativa o sentido que todavía están demasiado lejos de su meta, esta historia les deja una enseñanza sencilla:
No permitan que una derrota decida el final de su historia.
Tal vez todavía falten años. Tal vez sea necesario intentarlo muchas veces. Tal vez haya que cambiar estrategias, estudiar más, pedir ayuda o comenzar nuevamente.
Pero cada experiencia puede estar construyendo algo que todavía no alcanzamos a ver.
Lucas Castillo Degracia tardó diez años en llegar a un campeonato mundial.
Después llegó Yale.
Y posiblemente lo más emocionante de todo sea que, con apenas 18 años, su historia apenas comienza, es demuestra que los talentos abre posibilidades, pero son la perseverancia, la preparación y la capacidad de aprovechar las oportunidades las que pueden convertir esas posibilidades en grandes logros.
La enseñanza que nos deja esta historia, sin embargo, no debe limitarse únicamente al mundo de la robótica. El espectro queda abierto para todos aquellos jóvenes que encuentran su vocación en las ciencias, las artes, la educación, las humanidades, la agricultura, el ambiente, la medicina, la música, la pintura, la danza, los deportes y tantas otras áreas capaces de transformar una vida y aportar al desarrollo del país. La historia de Lucas Castillo Degracia, recogida por La Prensa, nos recuerda que cuando el talento encuentra oportunidades, acompañamiento y perseverancia, puede llegar mucho más lejos de lo imaginado. Su experiencia debe servirnos como una invitación a descubrir, estimular y apoyar las distintas capacidades de nuestros jóvenes, entendiendo que no existe un solo camino hacia la excelencia y que Panamá necesita científicos, artistas, educadores, médicos, agricultores, músicos, investigadores, humanistas y creadores comprometidos con construir un mejor futuro.
Artículo elaborado a partir de la noticia “Gana beca de $400 mil: Panameño que cosechó logros en robótica fue admitido en la Universidad de Yale”, publicada por La Prensa Panamá, de Martha Vanessa Concepción.