EL NUEVO “ETHOS” DE LA GUERRA: Trump y la transformación del orden Internacional

Del multilateralismo normativo al retorno del poder como regla
Fuente: https://www.defensa.gob.es/documents/2073105/3095923/ieee-2026-ethos-guerra-Trump-opinion31.pdf
La transformación silenciosa del orden global
Durante gran parte del siglo XX y comienzos del XXI, el sistema internacional se estructuró sobre una base relativamente clara: la existencia de normas, instituciones y principios que, al menos en teoría, limitaban el uso de la fuerza entre los Estados. El derecho internacional, junto con organismos multilaterales como las Naciones Unidas, configuró un marco destinado a contener los conflictos y canalizar las disputas mediante mecanismos jurídicos y diplomáticos.
Sin embargo, este modelo, que durante décadas fue considerado el pilar de la estabilidad global, comienza a mostrar signos evidentes de desgaste. En este contexto, la política exterior impulsada por Donald Trump no solo representa una ruptura con la tradición diplomática estadounidense, sino que también actúa como catalizador de un cambio más profundo: la transición hacia un sistema internacional donde las normas pierden centralidad frente a la lógica del poder.
Lejos de tratarse de un fenómeno aislado, este giro invita a replantear una cuestión fundamental:
¿estamos ante una anomalía política circunstancial o frente al inicio de un nuevo paradigma en las relaciones internacionales?
El “ethos” de la guerra: una redefinición del uso de la fuerza
Para comprender la magnitud de este cambio, resulta esencial analizar el concepto de ethos, entendido como el conjunto de valores, principios y criterios que orientan la acción política. En el caso de la estrategia internacional de Trump, este ethos se aparta de la lógica tradicional que concebía la guerra como un recurso excepcional, reservado para situaciones límite.
En su lugar, emerge una visión más pragmática y directa, en la que el uso de la fuerza —o su amenaza— se integra de manera más flexible dentro del repertorio estratégico del Estado. Esta aproximación se caracteriza por una lectura transaccional de las relaciones internacionales, donde los compromisos multilaterales pierden relevancia frente a la defensa inmediata de intereses nacionales.
Así, la guerra deja de ser concebida como el último recurso para convertirse en una herramienta legítima dentro de una política exterior orientada por la eficacia y la demostración de poder. Esta redefinición no implica necesariamente un aumento constante de conflictos armados, pero sí modifica profundamente los criterios bajo los cuales se decide cuándo y cómo emplear la fuerza.
Entre la excepción y el cambio estructural
El debate sobre el alcance de esta transformación se articula en torno a dos interpretaciones principales. Por un lado, existe la visión que considera el enfoque de Trump como una anomalía dentro del sistema internacional, atribuible a un liderazgo particular que se desvía de la tradición diplomática estadounidense. Desde esta perspectiva, el orden basado en normas mantendría su vigencia estructural, a la espera de un eventual retorno a prácticas más convencionales.
No obstante, una lectura más crítica sugiere que este fenómeno podría ser la manifestación de un cambio estructural más profundo. Bajo esta óptica, la política de Trump no sería la causa del debilitamiento del orden internacional, sino más bien su consecuencia visible. La creciente desconfianza en las instituciones multilaterales, el resurgimiento del nacionalismo y la competencia entre grandes potencias configuran un escenario donde el derecho internacional pierde capacidad real de incidencia.
En este sentido, el denominado “ethos de la guerra” no sería una desviación pasajera, sino un indicio de que el sistema internacional está evolucionando hacia una lógica donde el poder —más que la norma— determina el comportamiento de los Estados.
La erosión progresiva del derecho internacional
Uno de los aspectos más relevantes de este proceso es la progresiva pérdida de eficacia del derecho internacional como mecanismo regulador. Aunque las normas y tratados continúan existiendo formalmente, su capacidad para condicionar la conducta de los Estados se ve cada vez más limitada.
Este fenómeno no se manifiesta de forma abrupta, sino a través de una erosión gradual. Los compromisos multilaterales se relativizan, las decisiones unilaterales adquieren mayor protagonismo y las instituciones internacionales enfrentan crecientes dificultades para hacer cumplir sus resoluciones.
En este contexto, el cumplimiento del derecho internacional deja de ser una obligación incuestionable y pasa a depender, en gran medida, de la conveniencia política de los Estados. La consecuencia directa de esta dinámica es la consolidación de un sistema más flexible, pero también más incierto, donde las reglas pueden ser reinterpretadas o ignoradas según las circunstancias.
La percepción de declive y la reafirmación del poder
Un elemento central para entender esta transformación es la percepción de declive relativo de Estados Unidos en el escenario global. Frente al ascenso de otras potencias, especialmente China, la política exterior estadounidense adopta una postura orientada a reafirmar su liderazgo mediante la demostración de fuerza.
Lejos de fomentar la contención, esta percepción de pérdida de hegemonía tiende a intensificar el uso de herramientas coercitivas. La lógica subyacente es clara: en un entorno competitivo, la proyección de poder se convierte en un instrumento esencial para preservar la influencia.
Sin embargo, esta estrategia conlleva riesgos significativos. La utilización más frecuente de medidas unilaterales y el recurso a la presión directa pueden generar reacciones adversas, erosionar alianzas tradicionales y aumentar la probabilidad de escaladas conflictivas.
Hacia un sistema internacional más volátil
El resultado de estas dinámicas es la configuración de un sistema internacional caracterizado por una mayor volatilidad. A medida que disminuye la capacidad de las normas para regular el comportamiento de los Estados, la estabilidad global pasa a depender en mayor medida del equilibrio entre potencias.
En este nuevo escenario, la cooperación se vuelve más compleja y los mecanismos de resolución pacífica de conflictos pierden eficacia. La competencia estratégica se intensifica, y las relaciones internacionales adquieren un carácter más impredecible.
Asimismo, el debilitamiento del multilateralismo afecta directamente la capacidad de respuesta frente a desafíos globales, desde conflictos armados hasta crisis transnacionales. La ausencia de reglas claras incrementa la incertidumbre y dificulta la construcción de consensos duraderos.
Implicaciones para la seguridad internacional
Las transformaciones descritas tienen implicaciones profundas para la seguridad internacional. La tradicional arquitectura de seguridad, basada en alianzas, normas y organismos multilaterales, enfrenta limitaciones crecientes en un entorno donde prevalece la lógica del poder.
En este contexto, la seguridad deja de ser un concepto exclusivamente jurídico o institucional para convertirse en una cuestión eminentemente estratégica. Los Estados se ven obligados a reconsiderar sus políticas de defensa, fortalecer sus capacidades y adaptarse a un entorno donde las garantías normativas son cada vez menos confiables.
Esta evolución plantea desafíos significativos, no solo para las grandes potencias, sino también para los Estados de menor capacidad, que se encuentran en una posición más vulnerable frente a un sistema menos regulado.
Finalmente, el retorno del poder como principio rector: El análisis del “ethos” de la guerra asociado a la política exterior de Trump permite identificar una tendencia que trasciende lo coyuntural. Más que un cambio aislado, se trata de una reconfiguración de la lógica que estructura las relaciones internacionales.
El orden basado en normas, aunque no ha desaparecido completamente, enfrenta una pérdida progresiva de centralidad frente a un modelo donde el poder vuelve a ocupar un lugar predominante.
En este contexto, el siglo XXI podría estar marcado por un retorno a dinámicas históricas en las que la estabilidad no depende de reglas compartidas, sino del equilibrio entre fuerzas.
Reflexión final
Si las normas dejan de ser el principal referente del sistema internacional,
la pregunta ya no será cómo deben actuar los Estados…
sino hasta dónde pueden hacerlo.