Escalar sin cruzar el umbral: Ucrania, zona gris y gestión de la escalada entre Rusia y la Alianza Atlántica

Resumen:
La guerra de Ucrania está extendiéndose más allá del frente militar. Los ataques ucranianos alcanzan objetivos económicos y logísticos cada vez más alejados dentro de Rusia, mientras Moscú incrementa las operaciones encubiertas y de presión sobre Europa. Esta interacción vuelve menos clara la separación entre el conflicto ucraniano y una posible confrontación entre Rusia y la OTAN.
El artículo sostiene que la zona gris permite imponer costes y probar los límites del adversario sin recurrir a una guerra abierta. Sin embargo, su utilización creciente puede debilitar esos mismos límites y aumentar el riesgo de una escalada.
Palabras clave:
Rusia, Ucrania, OTAN, zona gris, escalada, sabotaje, coerción, disuasión.
Introducción
El autor identifica una interacción creciente entre tres ámbitos: la guerra en Ucrania, las acciones rusas en zona gris sobre Europa y la disuasión entre Rusia y la OTAN. Los ataques de mayor alcance, la presión sobre infraestructuras y los contactos diplomáticos estadounidenses muestran que estas dinámicas están cada vez más relacionadas.
En este contexto, la gestión de la escalada consiste en intentar influir en la intensidad, alcance, ubicación y ritmo de la confrontación, sin poder controlar las decisiones del adversario. La zona gris permite distribuir la presión mediante acciones limitadas, probar respuestas y trasladar la confrontación a distintos ámbitos sin asumir necesariamente los riesgos de una guerra abierta.
Una guerra que se extiende hacia la profundidad del territorio
Las dificultades para conseguir avances decisivos en el frente han aumentado la importancia de los ataques a larga distancia. Ucrania ha ampliado sus objetivos dentro de Rusia, incluyendo aeródromos, depósitos de munición, refinerías, instalaciones industriales y centros de distribución. Con ello busca afectar la capacidad rusa para sostener la guerra y hacer más perceptibles sus costes económicos y materiales.
Estos ataques también tienen una finalidad defensiva: debilitar las defensas aéreas rusas y los sistemas que permiten lanzar misiles. Por su parte, Rusia mantiene desde el inicio de la invasión ataques contra la retaguardia ucraniana, especialmente sus infraestructuras energéticas, industriales, portuarias y logísticas.
El autor advierte que una mayor destrucción no garantiza resultados políticos: el daño no ha quebrado la voluntad de lucha ucraniana ni ha demostrado modificar sustancialmente los cálculos de Putin. Además, intensificar las operaciones puede coexistir con las negociaciones, pues cada parte intenta mejorar su posición antes de un posible acuerdo.
Cuando la profundidad empieza a rozar la OTAN
La ampliación de los ataques resulta especialmente delicada en el Báltico, donde coinciden la proximidad del territorio ruso y aliado, la guerra electrónica, las infraestructuras críticas y la presencia de fuerzas de distintos países. Estas condiciones facilitan que un incidente limitado adquiera consecuencias estratégicas.
El artículo menciona un dron ucraniano que entró en el espacio aéreo letón y fue derribado, posiblemente después de haber sido desviado por interferencias rusas. Aunque su objetivo original estuviera en Rusia, la incursión afectó a un miembro de la OTAN.
Un mismo episodio puede interpretarse como un accidente, una amenaza o una supuesta prueba de participación aliada en ataques contra Rusia. Por ello, la escalada depende tanto de las acciones como del significado que cada parte les atribuya.
De la subversión al sabotaje
Desde la invasión, Europa ha registrado un aumento de ciberataques, espionaje, interferencias, incendios y sabotajes vinculados directa o indirectamente con Rusia. Los estudios citados muestran una concentración de estas actividades en infraestructuras, transporte e industria, junto con el uso creciente de intermediarios reclutados a distancia.
Estos intermediarios reducen costes y dificultan identificar a los responsables, pero su falta de preparación puede volver las operaciones imprevisibles. Los paquetes incendiarios enviados desde Lituania y los incidentes en Leipzig ilustran cómo una misma herramienta puede producir consecuencias muy distintas según dónde y cuándo se active.
El autor destaca que deben distinguirse las atribuciones oficiales de las investigaciones todavía abiertas. Tampoco corresponde responsabilizar automáticamente a Rusia de cualquier incidente. Lo relevante es identificar patrones en los objetivos, métodos y países afectados, que podrían revelar una estrategia destinada a elevar el coste de apoyar a Ucrania.
La zona gris como régimen de gestión de la escalada
La zona gris permite dividir la presión en acciones pequeñas, ambiguas y difíciles de atribuir. Mientras un ataque militar abierto facilita una respuesta aliada, un sabotaje, incendio o ciberataque puede generar dudas sobre su gravedad, autoría y tratamiento. Aunque cada episodio parezca insuficiente para provocar una reacción estratégica, su acumulación puede influir en las decisiones políticas.
Esta dinámica permite a Moscú variar los objetivos, la intensidad, la ubicación y la visibilidad de sus acciones, observando la reacción occidental antes de continuar. También dificulta que los aliados encuentren un hecho inequívoco alrededor del cual coordinarse.
Su límite es que Rusia puede graduar sus acciones, pero no controlar la interpretación ni la respuesta del adversario. La contradicción central es que la zona gris puede contener la confrontación al ofrecer alternativas a la fuerza abierta, pero también desencadenarla cuando las operaciones se vuelven más frecuentes, violentas o claramente atribuibles.
De los ataques ucranianos a sus habilitadores occidentales
Los ataques ucranianos dependen, en distinta medida, de capacidades occidentales: inteligencia, comunicaciones, navegación, tecnología, logística, industria y armamento. Aunque los aliados distinguen entre suministrar capacidades y participar directamente en combate, Moscú puede rechazar esa separación.
El artículo recoge amenazas rusas contra instalaciones y equipos militares británicos vinculadas al uso de capacidades británicas por Ucrania. Estas declaraciones no prueban una decisión de atacar, pero hacen explícita la posibilidad de trasladar la presión hacia quienes facilitan las operaciones ucranianas.
Rusia podría actuar contra empresas de defensa, ferrocarriles, aeropuertos o comunicaciones mediante sabotajes y ciberataques. El autor aclara que la campaña rusa en Europa es anterior a la expansión de los ataques ucranianos; lo que plantea es si sus objetivos están orientándose cada vez más hacia los recursos y las organizaciones occidentales que los hacen posibles.
Cuando el cortafuegos empieza a fallar
El riesgo aumenta cuando coinciden ataques ucranianos de mayor alcance, amenazas rusas contra proveedores occidentales y operaciones encubiertas próximas a infraestructuras aliadas. Un incidente menor puede abordarse mediante actuaciones policiales, inteligencia o sanciones; uno con explosivos, numerosas víctimas o daños a instalaciones militares puede cambiar la naturaleza del problema.
No existe una frontera automática entre las acciones en zona gris y una agresión militar. Sin embargo, la acumulación de incidentes, una atribución sólida o un episodio especialmente grave pueden facilitar una respuesta conjunta.
El caso de Leipzig muestra que identificar públicamente al responsable tampoco obliga a responder militarmente: Alemania optó por medidas diplomáticas, económicas y de seguridad. Aun así, una respuesta considerada proporcionada por una parte puede ser presentada por la otra como una nueva escalada.
Washington y la gestión del riesgo
Según las informaciones citadas, la visita del director de la CIA, John Ratcliffe, a Moscú buscó advertir contra posibles ataques a miembros de la OTAN. Las preocupaciones estadounidenses comprendían tanto acciones convencionales como ciberataques, operaciones híbridas e incursiones limitadas destinadas a probar la cohesión aliada.
El autor precisa que estas informaciones no permiten afirmar que exista una decisión rusa de atacar un país concreto ni una conexión operativa demostrada entre los sabotajes y una futura acción militar. Sí indican que Washington considera suficientemente serio el riesgo de extensión del conflicto para mantener contactos de alto nivel.
Las gestiones diplomáticas posteriores y las pausas temporales en determinados ataques muestran una estrategia de contención limitada: restringir ciertas acciones en lugares y momentos específicos para facilitar la negociación, mientras la guerra continúa en otros ámbitos.
Conclusiones
El artículo concluye que los ataques dentro de Rusia, el apoyo occidental a Ucrania y las operaciones rusas en Europa están integrándose en un mismo problema de escalada. La zona gris permite trasladar la presión fuera del territorio ucraniano sin iniciar abiertamente una guerra contra la OTAN, pero su capacidad para mantener esa separación disminuye cuando aumentan los daños y se identifica con mayor claridad a los responsables.
Europa necesita reconocer patrones, mejorar la atribución de responsabilidades, proteger las infraestructuras que sostienen la ayuda a Ucrania y disponer de respuestas que impongan costes antes de que ocurra un episodio grave. Debe evitar tanto tratar todos los incidentes como hechos aislados como atribuirlos automáticamente a Rusia.
Los acontecimientos examinados no demuestran la existencia de un único plan ruso. Sí evidencian una confrontación cada vez más interconectada, cuyo principal peligro es que los instrumentos utilizados para administrar la escalada terminen provocándola.
Fuente: COLOM-PIELLA, Guillem. Escalar sin cruzar el umbral: Ucrania, zona gris y gestión de la escalada entre Rusia y la Alianza Atlántica. Documento de Opinión IEEE 90/2026. file:///C:/Users/elvira.anderson/Downloads/ieee-2026-rusia-escalada-alianza-atlantica-opinion-90%20(1).pdf