Donald Trump o el signo de nuestro tiempo

Causa y efecto
Pocas veces un individuo ha protagonizado la escena internacional tan claramente como Donald Trump. A sus decisiones se une una personalidad que parece imponerse sobre el propio cargo. La sensación de ruptura no procede únicamente de lo que hace, sino también de sus formas excesivas y desconcertantes.
Al mismo tiempo, su presidencia es presentada como un síntoma de los problemas de nuestro tiempo y como consecuencia de transformaciones iniciadas décadas atrás. El propósito del artículo es afirmar que ni la llegada de Trump ni sus decisiones eran inevitables y advertir que sus políticas están perjudicando la situación internacional y la posición de Estados Unidos en el mundo.
¿Era Trump inevitable?
Las circunstancias históricas facilitan ciertos cambios, pero no convierten la historia en una sucesión exacta de causas y consecuencias. El ascenso de Trump puede explicarse por el descontento de una parte de la población estadounidense, la pérdida de poder adquisitivo, la influencia de las redes sociales, la simplificación del discurso político, la polarización, la desconfianza en la democracia y el temor provocado por la rapidez de los cambios.
Estos factores hicieron posible su llegada al poder, pero no la hicieron inevitable. En las mismas circunstancias podría haber gobernado un presidente con otro perfil y otras ideas.
El autor cuestiona la afirmación de que la muerte del orden internacional basado en reglas y en el multilateralismo sea un proceso definitivo. Comprender lo que sucede es necesario, pero no suficiente. También debe decidirse dónde se quiere estar y qué camino debe seguirse.
La hipótesis del artículo es que Estados Unidos está precipitando su declive como potencia mundial y provocando un deterioro innecesario del marco de las relaciones internacionales. No se trata solamente de procesos inevitables, sino también de consecuencias directas de decisiones libremente adoptadas.
La política doméstica de Trump
En el ámbito interno, el regreso de Trump ha agravado la polarización política estadounidense. Su presidencia es, al mismo tiempo, resultado y catalizador del auge de las posiciones extremas.
La actitud amenazante hacia la prensa, las extralimitaciones legales, la presión sobre la Reserva Federal y las tácticas antimigratorias menoscaban la democracia y se aproximan a prácticas propias de regímenes autoritarios.
También se observa un debilitamiento de la Administración como estructura profesional de decisión y gestión. La información y el control se han concentrado en Trump y en un grupo reducido de asesores, mientras los interlocutores y canales tradicionales pierden importancia.
Especial preocupación genera la actitud hacia la cultura, la ciencia y las universidades. Estados Unidos ha basado gran parte de su dominio en la capacidad de sus instituciones académicas y empresas para atraer a los mejores talentos. Sin embargo, la reducción de la financiación, los ataques a la independencia universitaria y las restricciones a estudiantes extranjeros debilitan voluntariamente uno de sus principales activos.
El deterioro de los valores democráticos, el ataque a las instituciones y el control de la actividad científica y periodística dañan internamente al país y, además, reducen su prestigio y perjudican sus intereses exteriores.
Su política exterior
La política exterior del segundo mandato de Trump se caracteriza por las operaciones militares unilaterales, el desprecio hacia los organismos internacionales y el trato económico y diplomático dispensado a sus antiguos aliados. El mensaje es que, para actuar, no se necesita otra justificación que el propio interés.
El cierre de USAID, la retirada de la lucha contra el cambio climático, la supresión de tratados de seguridad y el rechazo de instituciones internacionales reflejan una política orientada hacia lo directa e inmediatamente rentable para el país.
El lema Make America Great Again parece consistir en que Estados Unidos piense únicamente en sí mismo. En este juego de poder ya no existen aliados en el sentido tradicional, salvo que acepten condiciones exigentes, cambiantes y arbitrarias.
No se trata de un verdadero aislamiento, sino de una renuncia a la responsabilidad asociada a su condición de superpotencia. Se produce un regreso al poder duro, a las políticas coercitivas y a una concepción de las relaciones internacionales basada en la obtención de beneficios inmediatos.
Esta actitud también alcanza a la estructura transatlántica. Los aliados europeos son acusados de no contribuir suficientemente a su propia defensa. Sin embargo, la cooperación estadounidense nunca fue altruista. Desde el Plan Marshall hasta la OTAN, su ayuda fue útil e imprescindible, pero también proporcionó beneficios políticos, económicos, tecnológicos y estratégicos a Estados Unidos.
El resultado es un vuelco de las relaciones internacionales: regreso de la realpolitik, renuncia al multilateralismo, debilitamiento de la diplomacia, abandono de problemas globales y deterioro de las alianzas. Aunque algunas de estas tendencias comenzaron décadas atrás, la Administración Trump las ha acelerado o provocado directamente.
Estados Unidos: el tiro en el pie
Lejos de conseguir el objetivo anunciado por el movimiento MAGA, estas políticas pueden debilitar claramente la posición estadounidense. Dos factores explican este riesgo: la destrucción de su red de alianzas y la pérdida de su poder blando.
Ni siquiera el país más poderoso puede enfrentarse solo al resto del mundo. Estados Unidos construyó desde la Primera Guerra Mundial la mayor red de alianzas conocida, mediante acuerdos bilaterales e instituciones diseñadas de acuerdo con sus propios intereses. Ahora parece renunciar voluntariamente a las ventajas obtenidas.
Europa pierde su condición de principal aliado y se convierte en objeto de ataques y descalificaciones. La OTAN, la estructura de seguridad más poderosa de la historia, pierde relevancia cuando sus miembros son tratados como parásitos y se olvidan los compromisos asumidos conjuntamente.
La actuación unilateral y las colaboraciones puntuales no pueden reemplazar una red estable de aliados. La desconfianza y la lógica del juego de suma cero dejan expuestos tanto a los socios como a Estados Unidos.
Esta política puede convertirse en una profecía autocumplida: Washington se distancia de sus aliados porque no los considera confiables y, como resultado, estos dejan de responder cuando solicita su apoyo. Estados Unidos pierde así capacidades, aliados y legitimidad, precipitando su propio declive.
¿Pero importa el poder blando?
Joseph Nye definió el poder blando como el conjunto de herramientas no coercitivas que permiten a un país influir en los demás. Mientras el poder duro busca obligar mediante la fuerza militar, económica o tecnológica, el poder blando pretende convencer, persuadir y atraer.
Existen tres niveles de poder: ser el mejor jugador, establecer las reglas del juego y conseguir que los demás quieran participar y acepten el objetivo definido. Estados Unidos logró durante décadas ocupar los tres niveles.
Su dominio no se apoyó solamente en su fuerza militar y económica, sino también en la democracia liberal, el Estado de derecho, el libre mercado, el progreso material, la ciencia, la música, el cine, los negocios, la literatura y la imagen de la tierra de las oportunidades.
Ese atractivo creó ventajas concretas. Sin embargo, las formas del presidente, la política interior y las decisiones internacionales están cambiando rápidamente la imagen de Estados Unidos. La pérdida de prestigio constituye una debilidad tan real como un bajo crecimiento económico o un ejército obsoleto.
Un país no puede sostenerse exclusivamente sobre el poder blando, pero solamente la combinación inteligente del poder duro y el poder blando produce una estabilidad legítima.
¿Es este el fin del orden internacional liberal?
Occidente aplicó las reglas internacionales de manera selectiva, mantuvo una doble moral y creó estructuras pensadas para beneficiar a un grupo reducido de países. Por ello, es legítimo preguntarse quién lamentará la desaparición de un orden que nunca fue plenamente liberal ni justo para todos.
Sin embargo, es preferible contar con principios, aunque se incumplan o manipulen, que renunciar completamente a ellos. La existencia de normas obliga a los Estados a justificar sus actuaciones y establece límites, por imperfectos que sean.
Abandonar el derecho internacional y el multilateralismo significa renunciar al esfuerzo por construir un mundo más ordenado y justo. Siempre es preferible que exista un sistema que pueda ser incumplido a no contar con ningún sistema. Incluso es preferible que quien actúe mal tenga que disimularlo.
Cuando Estados Unidos rechaza estos principios, no solamente se declara libre para actuar sin justificación, sino que concede a los demás países la misma libertad. El resultado es el regreso de la ley del más fuerte.
Y ahora qué
Muchas de las transformaciones actuales proceden de procesos iniciados décadas atrás: la modificación del peso de las potencias, las consecuencias de la globalización, la crisis financiera, el desgaste del ideal liberal y la pérdida de confianza en la democracia.
Sin embargo, otras transformaciones están siendo decididas en el presente. El contexto limita las opciones, pero siempre existe un margen de decisión. La Administración Trump ha escogido unas respuestas concretas que, con otro gobierno, podrían haber sido diferentes.
Estados Unidos debía enfrentarse a nuevos rivales y adaptar las instituciones creadas bajo un equilibrio de poder ya superado. Pero eso no justifica políticas que precipitan su declive y transforman una crisis real, pero limitada, en una crisis existencial.
El país se está volviendo contra los elementos que lo hicieron fuerte: su democracia, sus instituciones, sus alianzas, su capacidad científica y su poder de atracción. Al mismo tiempo, acelera la degradación del orden internacional.
Otra forma de actuar sigue siendo posible. En el ámbito interno, Estados Unidos debe recuperar una democracia real, apoyada en una ciudadanía que crea en el sistema, y volver a valorar su poder blando. En el exterior, tendría que fortalecer sus alianzas, revisar las estructuras internacionales y corregir los errores del pasado.
El derecho internacional y el multilateralismo continúan siendo la única vía de progreso. Sus debilidades no justifican abandonarlos, sino reforzarlos.
El mundo no volverá a ser lo que era. Demasiadas cosas se han roto, pero todavía es posible recuperar el rumbo perdido. La función de la política es decidir a dónde se quiere llegar e intentarlo.
Fuente: SOTO MACEIRAS, Fernando. Donald Trump o el signo de nuestro tiempo. Documento de Opinión IEEE 82/2026 https://www.defensa.gob.es/documents/2073105/3095923/ieee-2026-donald-trump-signo-tiempo-documento-opinion-82.pdf








