Sabido es que el pasado domingo 28 de julio, todos los venezolanos residentes, así como los millones que han tenido que abandonar el país, esperaban ansiosamente el resultado de las elecciones. Quedaron frustrados hasta el amanecer del lunes, pues el gobierno imperante bloqueó el proceso y los dejó en ascuas.
A mitad de la noche, se presentó el jefe del ejército venezolano para agregar confusión a la tensa situación, manifestando que, si bien el comportamiento de los venezolanos había sido ejemplar, no había garantía de las autoridades militares en cuanto al respeto de la decisión ciudadana local, ni mucho menos internacional.
En la madrugada del lunes, se presentaron los miembros del Consejo Nacional Electoral y, sin exhibir un solo resultado de lo que había pasado en las urnas, dijeron que Maduro había logrado el 51% de los votos y el candidato opositor Edmundo González había obtenido el 44%. En menos de lo que canta un gallo, declararon el resultado y se esfumaron.
A renglón seguido, apareció en una plaza cercana al Palacio de Gobierno el ya reconocido Presidente Electo, y con pasos tímidos fue acercándose al lugar en el cual sus seguidores se habían congregado en un ambiente “sin tón ni son”. La coalición opositora tardó mucho en manifestarse, y de ahí en adelante, los ciudadanos que se sentían burlados iniciaron una protesta de cacerolazos que se ha ido incrementando, como es natural, hasta llegar a confrontaciones que ya han producido víctimas mortales. Un número representativo de países han expresado su rechazo a esta farsa, pero como el gobierno está acostumbrado a atrincherarse, parecía que se repetiría el guión que se vivió en el año 2019.
No contaba Maduro con una posición adversa de parte de los dueños de los principales vehículos de información moderna, como Elon Musk y Mark Zuckerberg, quienes han expresado directamente su rechazo a este estatus quo y ahora han tomado una posición beligerante, de largo efecto, que se ha traducido en divulgar en el mundo lo que está ocurriendo en Venezuela.
El tirano no enfrenta todavía ninguna contienda judicial local o internacional, pero sí está sintiendo no solo su aislamiento como sujeto político, sino un verdadero tsunami de información que le está minando el ínfimo capital de apoyo, especialmente de sus compinches que radican en Cuba, Nicaragua, Bolivia, Rusia, Irán y China.
En el caso de Colombia, Brasil y España, cuyos mandatarios se han escondido en el anonimato, se han convertido a la vez en una especie de apátridas en el concierto de países que mantienen un sistema de gobierno cuya base es la democracia.
Esta es una lección sumamente interesante porque demuestra que en Occidente no caben las conductas vacilantes de los mandatarios, ni tampoco los pueblos están dispuestos a tolerar de manera indefinida el irrespeto a lo que deciden libremente sus ciudadanos.
Maduro, entonces, se puede sentir acorralado y tendrá que meditar junto con sus pares cuál es la mejor salida después de este desliz electoral. Mientras tanto, la oposición venezolana tiene un largo camino por recorrer, porque debemos tener presente que este proceso de deterioro institucional tiene más de 25 años. Con independencia de un resultado favorable para la oposición, la reconstrucción del país tomará décadas, salvo que se genere un liderazgo que pueda convencer a los millones de venezolanos que regresen a su país y se levante como el Ave Fénix.
Amanecerá y veremos…