Durante más de cuatro décadas, China y Estados Unidos han mantenido una relación compleja, marcada por la cooperación económica y la competencia política. Sin embargo, en los últimos años, esa interacción ha evolucionado hacia una confrontación abierta. El documento elaborado por Federico Aznar Fernández-Montesinos describe este cambio como el paso de una coevolución estratégica a una competencia intersistémica, en la que ambos países buscan imponer su modelo político, económico y tecnológico en el escenario global.
El punto de inflexión ha sido la imposición de aranceles universales por parte del gobierno estadounidense, bajo el liderazgo de Donald Trump. Esta medida simboliza un viraje desde una rivalidad principalmente tecnológica hacia una guerra económica de gran escala. Aunque ambas potencias han obtenido beneficios mutuos a lo largo del tiempo, la relación se ha deteriorado por los intereses contrapuestos: Estados Unidos busca mantener su liderazgo global, mientras que China pretende consolidar su ascenso como potencia mundial sin confrontar directamente a Washington.
Aznar plantea que este nuevo “neomercantilismo” —una suerte de retorno al proteccionismo tras décadas de globalización impulsada por Reagan y Thatcher— refleja el agotamiento del modelo liberal que promovía la libre circulación de bienes, capitales y tecnología. Ahora, las potencias recurren a medidas proteccionistas para proteger su soberanía económica y limitar la influencia del otro. De hecho, la paradoja es que los mismos países que impulsaron la globalización son hoy quienes la frenan.
El caso de China es especialmente relevante. En las últimas décadas, pasó de ser una economía marginal a convertirse en la fábrica del mundo, multiplicando su PIB y su participación en el comercio global. Este crecimiento fue posible gracias a políticas orientadas a la exportación y a su ingreso en la Organización Mundial del Comercio en 2001. Sin embargo, el éxito también generó desequilibrios internos: un crecimiento desigual entre las regiones costeras y el interior del país, una creciente deuda pública y una dependencia de los mercados extranjeros que hoy busca reducir.
En respuesta, Pekín ha apostado por una estrategia ambiciosa: la Iniciativa de la Franja y la Ruta, también conocida como la Nueva Ruta de la Seda. Este proyecto, que conecta Asia, Europa y África mediante infraestructuras, tecnología y comercio, busca asegurar materias primas, abrir nuevos mercados y posicionar a China como centro de la economía mundial. No obstante, esta expansión ha despertado suspicacias en Occidente, que la percibe como una herramienta geopolítica para ampliar la influencia china y crear dependencia económica en los países participantes.
Estados Unidos, por su parte, enfrenta un dilema: su economía sigue siendo una de las más grandes del mundo, pero su poder relativo disminuye. De representar el 38 % del PIB mundial en 1970, ha caído a cerca del 26 % en 2025. Esta pérdida de influencia ha llevado a Washington a replantear las reglas del comercio global, acusando a China de beneficiarse del libre mercado sin respetar sus normas, de manipular su moneda y de obligar a las empresas extranjeras a compartir tecnología a través de acuerdos forzados.
La reacción estadounidense se traduce en los llamados “aranceles universales”, que buscan frenar las importaciones chinas, proteger la industria nacional y presionar a los aliados para que reduzcan su dependencia del gigante asiático. Sin embargo, esta estrategia tiene un costo elevado: el agotamiento financiero y el riesgo de aislamiento internacional. La guerra arancelaria ha tensado las relaciones con Europa y ha generado efectos colaterales en países como México, que pasó de ser desplazado por la producción china a convertirse en un exportador clave hacia el mercado estadounidense.
Aznar advierte que la confrontación ya no se limita al comercio, sino que abarca la tecnología, la seguridad y la influencia cultural. La competencia por el dominio de sectores como la inteligencia artificial, los semiconductores y el ciberespacio define el nuevo campo de batalla. China, consciente de que la innovación es la clave del poder futuro, ha invertido fuertemente en desarrollar su propio ecosistema tecnológico, mientras promueve una narrativa global basada en la cooperación y la “civilización compartida”.
Ambas potencias enfrentan además un problema común: la deuda. En 2024, la deuda pública china alcanzó el 88 % de su PIB, mientras que la estadounidense superó el 120 %. Esta fragilidad financiera obliga a ambos a buscar consolidación fiscal, pero también limita su capacidad para sostener conflictos prolongados.
En última instancia, el análisis de Aznar concluye que los aranceles universales representan una nueva fase en la pugna geopolítica. La globalización, aunque golpeada, no se detendrá fácilmente. China y Estados Unidos están atrapados en una interdependencia que hace imposible una ruptura total, pero cada paso hacia el desacople acelera el cambio de equilibrio mundial. Si Estados Unidos no logra adaptarse a esta nueva realidad multipolar, corre el riesgo de perder su estatus como potencia hegemónica y convertirse en una más entre varias.
El conflicto entre ambas naciones no es solo económico; es una lucha por definir las reglas del siglo XXI, donde la tecnología, la deuda y el control de los flujos globales de información y comercio determinarán quién escribe el futuro.
Fuente: https://www.defensa.gob.es/documents/2073105/2766091/los_aranceles_universales_2025_dieeea55.pdf




