Ocho décadas después de su nacimiento, la Organización de las Naciones Unidas atraviesa una crisis que parece sacada de un giro dramático de la historia: el mundo que la vio surgir ya no existe, y el que tiene enfrente se le escapa entre las manos. El multilateralismo, esa idea poderosa que prometía que las naciones podían resolver juntas sus diferencias, hoy luce agotado. Nuevos nacionalismos, viejas potencias que se repliegan y un orden internacional cada vez más fragmentado han dejado a la ONU luchando por no convertirse en un símbolo vacío.
El primer síntoma de este desgaste está en el corazón de su arquitectura: el Consejo de Seguridad. En vez de actuar como árbitro global, se ha transformado en un campo de bloqueo donde las potencias con derecho a veto —Estados Unidos, Rusia y China— paralizan cualquier decisión incómoda. Conflictos como Siria, la guerra en Ucrania o la crisis humanitaria en Gaza han mostrado que, cuando los intereses de los grandes chocan, la ONU queda de espectadora. El resultado es un organismo que parece hablar mucho, pero hacer poco.
A ello se suma una crisis menos visible pero igual de determinante: la financiera. Estados Unidos, su principal contribuyente histórico, ha reducido significativamente su aporte desde 2017. Al mismo tiempo, la mayor parte del financiamiento proviene ahora de fondos condicionados, orientados a intereses específicos de donantes. Las agencias de la ONU funcionan, sí, pero cada vez con menos margen para actuar por encima de presiones políticas.
Y como si fuera poco, el sistema está atrapado en una especie de inflación normativa: resoluciones, cumbres, agendas y compromisos que no logran materializarse en acciones reales. El ejemplo más contundente es la Agenda 2030. Con menos del 20 % de sus metas avanzando al ritmo necesario, la narrativa del desarrollo sostenible enfrenta una crisis de credibilidad.
En medio de todo este panorama, el papel de Estados Unidos ha sido decisivo. El giro que dio Washington durante el primer mandato de Donald Trump marcó un antes y un después: se abandonaron acuerdos globales, se cuestionaron instituciones multilaterales y se adoptó una retórica frontal contra el “globalismo”. Esa visión, lejos de ser un episodio aislado, se expandió a otros gobiernos alrededor del mundo. Con el retorno del trumpismo en 2025 —ya sea en su figura original o en un proyecto político afín—, el mensaje es claro: las grandes potencias ya no ven al multilateralismo como una prioridad. Y cuando el principal arquitecto del sistema decide distanciarse, la estructura completa tiembla.
Así, el mundo se ha ido organizando por fuera de la ONU, en espacios más flexibles y políticamente menos exigentes: el G20, los BRICS+, la OCS, alianzas tecnológicas, pactos bilaterales y acuerdos ad hoc. Las reglas se negocian fuera del edificio de Nueva York. La ONU sigue funcionando, sí, pero en otro registro: ayuda humanitaria, misiones de paz, gestión de crisis sanitarias. Su influencia política, sin embargo, se reduce.
A esto se añade un desafío mayúsculo: los problemas del siglo XXI no se parecen a los de 1945. Inteligencia artificial, ciberseguridad, militarización del espacio, bioseguridad, cambio climático extremo. La maquinaria de la ONU, pensada para guerras entre Estados, se enfrenta a problemas híbridos, globales y tecnológicos que requieren una agilidad que hoy no posee.
Frente a este panorama, el documento explora tres futuros posibles. El primero es sombrío: una ONU irrelevante, reducida a ejecutar proyectos humanitarios mientras la política global ocurre en otros escenarios. El segundo es más esperanzador: un multilateralismo renovado desde las potencias intermedias —India, Brasil, México, Sudáfrica, la Unión Europea— que podrían liderar reformas graduales y equilibrar el tablero. El tercero es el más audaz: una ONU reinventada, mucho más flexible, en red, abierta a actores no estatales y con estructuras adaptadas a los desafíos tecnológicos y climáticos de hoy.
En el fondo, la pregunta que atraviesa todo el análisis es contundente: ¿puede sobrevivir el multilateralismo sin la voluntad política de quienes tienen el poder? La respuesta no está clara. La ONU aún es el único foro donde todas las naciones pueden, al menos en teoría, hablar bajo las mismas reglas. Pero su futuro dependerá de si los Estados deciden priorizar el interés compartido o continuar apostando por la competencia y el unilateralismo. Entre la irrelevancia y la reinvención, la ONU se encuentra en un cruce histórico que definirá no solo su destino, sino también el de la gobernanza global en el siglo XXI.
MARQUEZ Y DE LA RUBIA, Francisco. La ONU ante el eclipse del multilateralismo: entre la irrelevancia y la reinvención. Documento de Análisis IEEE 71/2025. https://www.defensa.gob.es/documents/2073105/2990223/la_onu_ante_el_eclipse_del_multilateralismo_2025_dieeea71.pdf (consultado 14/11/2025)




