En las últimas décadas, China ha dejado de ser solo “la fábrica del mundo” para convertirse en un actor central del sistema económico global. Su expansión comercial, productiva y financiera no solo ha transformado su economía interna, sino que está reconfigurando el orden internacional y el funcionamiento del multilateralismo tal como lo conocíamos.
Este proceso de internacionalización se apoya en un modelo propio, conocido como sino-capitalismo, que combina mecanismos del mercado con un fuerte control y planificación estatal. Gracias a este esquema, China ha logrado integrarse en la globalización sin renunciar a dirigir su desarrollo, apostando por la industrialización, el avance tecnológico y la consolidación de cadenas globales de valor en las que cada vez ocupa posiciones de mayor liderazgo.
Uno de los pilares de esta estrategia es la inversión china en el exterior, especialmente en América Latina y África. A través de grandes proyectos de infraestructura, energía y producción —impulsados, entre otros, por la Iniciativa de la Franja y la Ruta—, China se ha convertido en un socio clave para muchos países en desarrollo. Estas inversiones han generado oportunidades de crecimiento, empleo e integración comercial, aunque también plantean interrogantes sobre el riesgo de reforzar dependencias y modelos económicos basados en la exportación de materias primas.
Otro elemento relevante es la progresiva internacionalización del renminbi, la moneda china. Sin pretender reemplazar de forma inmediata al dólar, China busca reducir su dependencia del sistema financiero dominado por Estados Unidos y ofrecer una alternativa monetaria gradual, controlada y estratégica, cada vez más presente en reservas y transacciones internacionales.
Todo ello tiene profundas consecuencias políticas y geoeconómicas. El ascenso chino está alimentando un multilateralismo contestatario, en el que nuevos actores cuestionan las reglas y equilibrios establecidos tras la Segunda Guerra Mundial. Sin imponer aún un nuevo orden global, China sí está construyendo una órbita de influencia propia, que convive —no sin tensiones— con la hegemonía occidental.
En definitiva, más que una potencia imperial clásica, China aparece como un Estado que internacionaliza su economía para sostener su desarrollo interno, pero cuya magnitud y alcance inevitablemente alteran el equilibrio global. El resultado es un mundo cada vez más interdependiente, competitivo y fragmentado, donde el futuro del multilateralismo sigue abierto y en disputa.
SAMPER SERRA, Maria. La internacionalización de la economía china: implicaciones sobre el multilateralismo contemporáneo. Documento de Opinión IEEE 106/2025. https://www.defensa.gob.es/documents/2073105/2320887/economia_china_2025_dieeeo106.pdf (consultado 29/12/2025)




