El análisis “1898-2026. De Cuba a Groenlandia: el retorno del imperialismo estratégico estadounidense en la nueva ‘Cuba Ártica’” propone una interpretación provocadora del actual interés de Estados Unidos por Groenlandia: lejos de ser una idea aislada o coyuntural, reflejaría un cambio profundo en la lógica de su política exterior y en la estructura misma del sistema internacional.
El autor sostiene que Washington estaría transitando desde el modelo de liderazgo liberal basado en reglas —que promovió tras la Segunda Guerra Mundial— hacia una estrategia más cercana al realismo clásico, donde predominan el poder, la seguridad nacional y las esferas de influencia. Para explicarlo, el texto establece un paralelismo histórico con la guerra hispano-estadounidense de 1898. En aquel episodio, la explosión del acorazado Maine funcionó como detonante político y narrativo que permitió legitimar una intervención militar con consecuencias geopolíticas duraderas. Según el estudio, ese patrón —construcción de amenaza, legitimación pública y obtención de ventajas estratégicas— sigue presente en la cultura estratégica estadounidense.
Bajo esa misma lógica, Groenlandia aparece hoy como un territorio clave. Su ubicación en el Ártico, sus recursos minerales, la presencia de infraestructura militar y la apertura de nuevas rutas marítimas por el deshielo la convierten en un enclave decisivo para la competencia entre grandes potencias. El texto argumenta que la isla ha sido presentada discursivamente como un espacio vital para la seguridad estadounidense, lo que permite justificar medidas extraordinarias aun sin existir una amenaza inmediata. Este proceso se explica mediante la teoría de la securitización: cuando un asunto es definido como peligro existencial, pasa a tratarse como cuestión de seguridad nacional.
El autor denomina a esta reconfiguración doctrinal “Donroe”, una actualización contemporánea de la Doctrina Monroe que ya no se limita al hemisferio americano, sino que se extiende a cualquier región considerada estratégica. Desde esta perspectiva, el caso groenlandés sería un síntoma de la erosión del orden liberal internacional y del retorno de la política de poder como principio organizador del sistema mundial.
El análisis también subraya las implicaciones para Europa y los aliados occidentales: el episodio demostraría que las alianzas y las normas jurídicas ofrecen protección limitada cuando entran en juego intereses vitales de una potencia dominante. La principal lección estratégica sería que el multilateralismo sigue siendo necesario, pero ya no suficiente, en un entorno internacional cada vez más competitivo y jerárquico.
En conclusión, el artículo plantea que Groenlandia no es simplemente un tema territorial, sino un indicador de transformación histórica: el paso hacia una etapa global marcada nuevamente por rivalidad entre grandes potencias, primacía estratégica y redefinición de las reglas del orden internacional.




