La llegada de Sanae Takaichi al cargo de primera ministra de Japón marcó un hito histórico. Por primera vez, una mujer alcanzaba la jefatura de gobierno en un país cuya política ha estado tradicionalmente dominada por hombres y estructuras conservadoras. Su victoria generó una ola de expectativas: para sus partidarios, representaba una oportunidad de renovación dentro del Partido Liberal Democrático (PLD) y la posibilidad de revitalizar el espíritu de la Abenomics, la estrategia económica de su mentor, Shinzo Abe.
Sin embargo, apenas un mes después de asumir el cargo, la luna de miel política se vio abruptamente interrumpida. El gobierno anunció una contracción económica del 1,8 %, una señal preocupante para un país que enfrenta simultáneamente presiones internas por el aumento del costo de vida y tensiones geopolíticas crecientes. Y, según analistas, lo que viene podría ser aún más difícil.
Una tormenta económica que el gobierno no vio venir
El principal riesgo que enfrenta Takaichi no proviene de su disputa verbal con China ni de los efectos colaterales de la guerra comercial de Estados Unidos, sino de un enemigo más complejo: la estanflación.
Pese a que los indicadores muestran que el PIB y los salarios van por detrás de la inflación, el equipo económico de Takaichi casi no ha reconocido la magnitud del problema. Como recuerda el economista Richard Katz, la estanflación es particularmente peligrosa porque “los remedios para combatirla suelen agravarla”.
Lo preocupante es que la estrategia inicial de Takaichi —conocida ya como Takaichinomics— profundiza riesgos que Japón arrastra desde hace años. Al igual que Abe, la primera ministra ha priorizado la flexibilización monetaria y fiscal sobre las reformas estructurales destinadas a elevar la productividad, la innovación y la eficiencia laboral.
El resultado: Japón se adentra en un período de inflación persistente, con salarios que no compensan la pérdida de poder adquisitivo de los hogares y con un Banco de Japón atrapado entre la presión de subir tipos de interés y el temor de desencadenar una crisis de deuda.
El dilema del Banco de Japón
El gobernador del Banco de Japón, Kazuo Ueda, esperaba elevar los tipos de interés en diciembre, pasando del 0,50% al 0,75%. Pero el deterioro económico ha limitado su margen de maniobra. Con una deuda pública que ronda el 260% del PIB, un ajuste agresivo —como el que aplicó Paul Volcker en Estados Unidos en los años setenta— sería inviable.
Además, las tensiones globales complican aún más su tarea. Los aranceles estadounidenses impulsados por Donald Trump en su guerra comercial con China han afectado más a Japón que a la propia China. Entre julio y septiembre, la economía japonesa se contrajo casi un 2 %, la primera caída en seis trimestres.
A esto se suma la depreciación del yen, que ronda los 160 por dólar, encareciendo las importaciones y alimentando la inflación.
El frente geopolítico: China presiona y Japón responde
Paralelamente, Takaichi abrió un frente diplomático delicado. El 7 de noviembre declaró que un intento chino de tomar Taiwán por la fuerza sería una “situación que pondría en peligro la supervivencia” de Japón. La respuesta de Beijing fue inmediata:
- Llamó a los turistas chinos a no viajar a Japón.
- Prohibió las importaciones de mariscos japoneses.
Aunque Takaichi ha construido su carrera política sobre una postura conservadora y firme frente a China, analistas advierten que la primera ministra parece más cómoda en conflictos geopolíticos que enfrentando la crisis económica interna.
Esto la desconecta del sentir ciudadano: el aumento del costo de vida fue una de las razones por las que el PLD perdió la mayoría en ambas cámaras. Las familias japonesas no se sienten parte del “Japón ha vuelto”, el eslogan que Takaichi resucitó de Abe, mientras sus ingresos ajustados por inflación continúan cayendo.
Un paquete económico que podría empeorar las cosas
Para recuperar impulso, el gobierno lanzó un paquete de estímulo de 21,3 billones de yenes (USD 135 mil millones). Sin embargo, las críticas señalan que esto podría alimentar aún más la inflación. Al mismo tiempo, Takaichi presiona a las empresas a aumentar los salarios, una medida loable en teoría, pero que puede resultar contraproducente si la productividad japonesa —que se encuentra en la mitad inferior de la OCDE— no mejora.
Sin reformas de fondo, advierten expertos, Japón corre el riesgo de repetir los errores de la Abenomics, que nunca logró transformar la estructura productiva del país ni impulsar un verdadero crecimiento impulsado por la innovación.
¿Hacia un nuevo liderazgo?
La mayor amenaza para Takaichi no es la oposición parlamentaria ni China, sino el descontento doméstico. Si continúa priorizando disputas geopolíticas y estímulos fiscales temporales en lugar de abordar la estanflación con reformas profundas del lado de la oferta —reducción de burocracia, modernización laboral, impulso a la innovación, mayor participación femenina—, su mandato podría ser breve.
En Japón, ocho de los últimos diez primeros ministros no han superado los 12 meses en el cargo. Si la situación económica no mejora, es posible que los votantes presionen nuevamente por un cambio.
Podemos concluir diciendo que, Sanae Takaichi llegó al poder con un fuerte simbolismo histórico y una promesa de continuidad de la línea económica de Shinzo Abe. Sin embargo, se enfrenta a un escenario mucho más adverso: inflación elevada, estancamiento del crecimiento, tensiones con China y un electorado que no percibe mejoras en su calidad de vida.
El reto para la primera ministra es claro: solo un Japón donde el 99% de la población sienta que “ha vuelto” podrá sostener su liderazgo. Para lograrlo, deberá abandonar los viejos reflejos de la Abenomics y apostar por transformaciones reales y disruptivas que Japón ha postergado por más de una década.




