Del control de puertos estratégicos a la compra de AES, el fondo de inversión amplía su poder en la infraestructura mundial.
BlackRock, el mayor fondo de inversión del mundo con más de 11 billones de dólares bajo gestión, ha sido descrito como “dueño del mundo” por la magnitud de su influencia. Sus inversiones abarcan desde gigantes tecnológicos como Apple hasta farmacéuticas como Pfizer, pasando por bancos centrales y fondos de pensiones. Ahora, el fondo dirigido por Larry Fink está en el centro de la atención mundial por dos movimientos estratégicos de gran envergadura: el control de puertos clave y la adquisición de una de las principales empresas energéticas del planeta.
En marzo de 2025, el gigante que apuntó al corazón logístico del continente, junto con socios estratégicos, acordó la compra de CK Hutchison, empresa de Hong Kong propietaria de decenas de terminales marítimas en 23 países, incluidas las de Balboa y Cristóbal, situadas en ambos extremos del Canal de Panamá. Esta operación, valorada en 19 mil millones de dólares, fue interpretada como un giro geopolítico relevante: Estados Unidos buscaba reducir la influencia china sobre infraestructuras críticas, y BlackRock apareció como vehículo financiero ideal para tomar el control. Para Washington, el traspaso de estos puertos a un grupo estadounidense fue celebrado como un triunfo estratégico.
Paralelamente, BlackRock, a través de su brazo Global Infrastructure Partners (GIP), está en negociaciones avanzadas para adquirir la empresa energética AES por cerca de 38 mil millones de dólares, incluyendo su deuda. AES es una multinacional con operaciones en América, Europa y Asia, dedicada a la generación de energía hidroeléctrica, termoeléctrica, solar y de gas natural. De confirmarse, esta operación colocaría a BlackRock entre los actores más relevantes del sector energético global, en un momento en que la demanda eléctrica se dispara debido a la expansión de centros de datos y proyectos de inteligencia artificial.
La conjunción de ambos movimientos —el control de puertos estratégicos y la entrada a gran escala en el sector energético— refleja la estrategia de BlackRock de posicionarse como un gestor integral de infraestructura crítica a nivel mundial. En Panamá, la compra de AES tendría efectos locales, pues la compañía ya opera plantas de generación y proyectos de gas, lo que uniría el control logístico con el energético en un solo jugador global.
Sin embargo, este nivel de concentración genera recelos. Expertos advierten que BlackRock acumula un poder comparable al de algunas naciones soberanas, no solo por sus recursos financieros, sino también por su influencia política mediante lobbies y conexiones con gobiernos. La comparación con los antiguos “trusts” de inicios del siglo XX surge con frecuencia: grandes conglomerados que motivaron la creación de leyes antimonopolio para evitar que el poder económico se concentrara en pocas manos.
Mientras tanto, el mercado celebra los movimientos de BlackRock y los gobiernos ven con atención las implicaciones. La compra de AES, si se concreta, marcaría un nuevo hito en la expansión del fondo, consolidando su presencia no solo en las finanzas, sino también en el control directo de la infraestructura que sostiene al mundo: puertos, energía y logística.
En este escenario, un fondo con la magnitud de BlackRock podría impulsar que Panamá trascienda su rol tradicional como eje del comercio marítimo para proyectarse como un hub global de innovación. La conjunción entre control logístico y energético abriría la puerta para que el país se posicione en sectores estratégicos de futuro, como la inteligencia artificial, la minería de datos, la producción de microchips y el intercambio de monedas virtuales, consolidando su papel como plataforma clave en la economía digital del siglo XXI.




